Boyhood

A quienes nos gusta leer las críticas de las películas antes de ir a verlas se nos presenta un problema cuando los expertos cinematográficos son unánimes sobre la calidad de una cinta. Es fácil que las altas expectativas no se cumplan y a la vez es complicado procurar llegar al cine con la mente libre de prejuicios o ideas preconcebidas sobre la película. Es el caso de Boyhood, un filme elogiado y elevado a los altares del séptimo arte, ahora sé que de forma justa. El proyecto atrae por cómo se rodó: durante varias semanas de doce años seguidos con los mismos actores. El niño protagonista, ese al que vemos con seis años al comienzo del filme, termina yendo hacia la universidad. La cinta enamora por cómo capta el paso del tiempo, cautiva por la historia que cuenta y conmueve como sólo puede hacerlo la vida misma. Porque el gran logro de Boyhood es elevar a la categoría de lírico, de extraordinario, de magistral, una historia normal que transpira verdad. La historia de una infancia, esos años trascendentales en los que se forja la personalidad de un chaval, el paso del tiempo, las experiencias vitales de sus padres divorciados. El paso por el colegio, las mudanzas por distintas ciudades, el primer amor, las primeras inquietudes políticas, artísticas y profesionales. Las primeras certezas y reflexiones sobre este invento que llamamos vida. Es una obra maestra. Por cómo se ha rodado, sí, pero no sólo. Por lo que cuenta y cómo lo cuenta. Porque conmueve con una historia verosímil. 

Impresiona durante toda la película, en particular en el primer tramo de la misma, los saltos temporales, hilados de forma magistral. En ningún momento son bruscos esos avances en el tiempo, en el que vemos a todos los personajes envejecer, madurar, y al joven niño crecer. Es casi mágico el modo en el que esta cinta ha captado el paso del tiempo, rodada durante doce años. Introduce el director referencias de distinto tipo para mostrar ese avance de los años. Algunas más obvias (cumpleaños, preguntas de parientes sobre la edad del chico y sobre cuánto ha crecido) y otras más sutiles y pegadas al propio avance de nuestra sociedad durante los años del rodaje (la guerra de Irak, la elección de Obama como presidente, la aparición de nuevos aparatos electrónicos o redes sociales). La película dura dos horas y cuarenta minutos y se hace corta. En ningún momento siento la tentación de mirar el reloj ni pienso que aquello está durando demasiado. Te atrapa la historia. No por fantástica, no, por real. Una de las mayores virtudes del cine, de la cultura en general, es su enorme variedad. Una película puede inventarse mundos nuevos y enamorar por ello, pero también puede fascinar sencillamente por captar con pulcra precisión la vida. Y eso es lo que hace, como pocas veces  antes había visto en una sala de cine, Boyhood

Creo que cualquier espectador puede sentirse identificado con algún personaje o con alguna situación de la película. Todos hemos sido niños, todos nos hemos enamorado por primera vez, todos hemos tenido el primer desengaño. Todos los que sean padres podrán reconocerse en esa preocupación por la educación de sus hijos. El divorcio de los padres del protagonista, casi al comienzo del filme, es pura verdad, como lo son las dudas existenciales de los personajes que aparecen en ella. La construcción de los personajes es otro de los grandes méritos de la película, que es un engranaje perfecto en el que ningún componente falla y todos ejercen su función (un buen guión, una trama interesante, notables interpretación, formidables diálogos, buena música, admirable manejo del ritmo...). No cae el director en maniqueísmos absurdos de buenos y malos. Se decanta siempre por los tonos grises. En el trato a los personajes y en la visión sobre la vida que transmite. ¿Triste? ¿Melancólica? A ratos, como es en la realidad. 

Mason, el joven al que conocemos con seis años y despedimos comenzando su aventura universitaria, experimenta en la cinta su proceso de maduración, la construcción de su personalidad. Un joven inquieto que sufre al ver pasarlo mal a su madre y que desde muy pequeño mantiene unas conversaciones profundas con su padre. En una charla, ya adolescente, con su primera novia habla Mason (interpretado por Ellar Coltrane) sobre aquello del qué dirán, sobre que no debería importarnos, pero a todos en el fondo lo hace. "-¿Y qué cambiarías en ese mundo ideal donde no te importara lo que piensan los demás?", le pregunta su primer amor. "-Siento que hay muchas cosas que quiero hacer y no hago por el qué dirán, por aparentar normalidad. -"Sea lo que sea lo que eso significa", le responde la chica. El joven desarrolla una personalidad lúcida, crítica, brillante. Reflexiona sobre las redes sociales, sobre vivir la vida real y no a través de una pantalla. Le encanta la fotografía y quiere hacer arte con sus imágenes. Compartimos, y aquí de nuevo nos sentimos inevitablemente conmovidos e identificados, el despertar de una vocación, ese momento en el que hay más dudas que certezas, ese punto de nuestra vida en el que empezamos a plantearnos todo aquello que dábamos por sabido o por cierto años atrás.

Decía antes que el autor no se deja llevar por simplificaciones ni maniqueísmos, que en esta película no encontramos buenos ni malos. Eso se aprecia (y se agradece) especialmente en los personajes de los padres de Mason y de  su hermana Samantha. No se nos presenta a una pobre madre abnegada sufriendo por la irresponsabilidad e inmadurez del padre, ni a la inversa. No busca en ningún momento ofrecer esa división de papeles en la separación. En absoluto. Lo que vemos es a dos padres que, cada uno a su manera, como mejor sabe hacerlo, busca lo mejor para sus hijos. La madre, entregada a ellos, estudia para seguir formándose y dar clases en la universidad. La vemos sufrir, deambular por relaciones con hombres que en apariencia parecen agradables pero terminan entregados a la bebida. Se cae y se levanta varias veces la madre de Mason. Pero en ningún momento se presenta al padre como el malo malísimo. Sabemos de él que estuvo un tiempo alejado del mundo en Alaska, por una razón que no se llega a explicar del todo en el filme. Pero regresa y se preocupa por sus hijos, los ve los fines de semana y quiere (y lo consigue) seguir siendo alguien importante en su vida. El padre es músico, un artista como lo será su hijo con la fotografía, pero trabaja en otros empleos convencionales porque, como bien es sabido, muchas veces las facturas se pagan aparcando sueños. 

La relación del padre con sus hijos regala algunas de las escenas más memorables de la cinta. Por ejemplo, una en la que él les reclama mantener una conversación de padre-hijos fluida y no con monosílabos. "No quiero ser ese padre de fin de semana", les dice. O en la que le dice a su hija que ha visto en su perfil de Facebook que anda tonteando con un chico y le habla de preservativos y embarazos no deseados ante el rubor y la incomodidad de ambos. La vida, otra vez, en toda su esencia. Otro momento espléndido del filme, y acabo de avanzar escenas porque no quiero destripar la historia, llega con el primer desengaño amoroso de Mason. "¿Qué sentido tiene todo esto?", le pregunta a su padre. Sobre la vida, en general. "No lo sé. No tengo la respuesta. Nadie la tiene. Todos improvisamos", le responde. Dijo John Lennon que la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer otros planes. En esta historia vemos esos otros planes cotidianos, pero asistimos a conversaciones en las que se reflexiona sobre el paso del tiempo, sobre el sentido que tiene todo esto, sobre la necesidad de fortalecerse y disfrutar de la vida, de buscar tu camino. 

Cautiva también el contraste generacional entre la mirada cínica, un poco de vuelta de todo, de los mayores que aparecen en la película con las ansias de crecer y vivir al máximo de los jóvenes. Esas diferencias generacionales, los inevitables roces entre padres e hijos durante la adolescencia. Pero, a la vez, la lucidez con la que Mason observa en su madre que "está tan perdida como yo". Porque la vida ha de ser algo así como ir encontrándonos, no dejar de hacernos preguntas, aunque tarden en llegar las respuestas o nunca lo hagan. Las ansias de libertad del joven, reflejada ya de niño cuando se siente agredido porque le obligan a cortarse el pelo largo contra su voluntad. Espíritu de independencia, esa confianza en uno mismo y esas ganas de vivir nuestra vida que todos tuvimos con 18 años. También asombra el contraste entre la visión cosmopolita, abierta y progresista del padre de Mason con la tradicional y conservadora sociedad de la América profunda, la de Bibilia y rifle, que aparece en algún momento del filme. 

Es inevitable hacerse una pregunta. ¿Valoraríamos igual a Boyhood si no hubiera tenido tan excepcional forma de ser rodada, durante 12 años? No es sencillo responder. Pienso que sí, pero no se puede desligar la historia de su particular sistema de rodaje, porque la naturalidad que se ve en la pantalla se debe a ella en buena medida. Creo que, sólo por lo rompedor y atemporal de una propuesta como esta (¡12 años trabajando en un proyecto, en este mundo alocado de acelerar procesos en que vivimos!) vale la pena ir a ver esta historia. Pero, habiendo gozado ya de ella, eso es sólo el punto de enganche, el aliciente inicial. Cuando se disfruta de la película se entiende que gracias a estar rodada así se pudo captar el paso del tiempo con tal maestría. Es un componente más del filme. Pero, aun rodado así, aun con ese atractivo de lo rompedor, de lo nunca antes visto, un metraje de dos horas y cuarenta minutos podría haber resultado denso. Y el director supera con éxito ese reto. Lo hace, además, sin contar nada extraordinario ni fuera de lo normal. Sin asombrosos giros de guión ni escenas espectaculares de acción o de gran carga dramática. Es el paso del tiempo. Nada más. Y nada menos. El avance de la vida. El fascinante y cotidiano avance de la vida. Una obra maestra. 

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