Sucesor designado

Parafraseando a Lord Byron, quien quería más a su perro cuanto más conocía a los hombres, podríamos decir que cuanto más conocemos a los políticos reales de la actualidad más queremos a los de las series de ficción. El inquilino en la Casa Blanca es un patán ignorante, racista, intolerante, machista y bravucón, mientras en España la clase política no encuentra mejor dedicación que protagonizar un teatrillo largo y estéril en el Congreso estos días. Así que sólo nos queda la ficción. Por ejemplo, la serie Sucesor designado, que en España emite Netflix y cuyo punto de partida es muy impactante. Tanto, que el gran reto es mantener la tensión durante los 21 capítulos de la primera temporada. La serie tendrá una segunda tanda de episodios. 


La ley obliga en Estados Unidos a elegir a un sucesor designado, es decir, a un miembro del gobierno, generalmente de segunda fila, que adopte el rol de presidente si algo sucede a todos los demás miembros del ejecutivo y de las Cámaras. En los primeros minutos del primer capítulo de la serie, el Capitolio queda devastado, totalmente destruido, por un ataque terrorista. Tom Kirkman (Kiefer Sutherland), que es consejero de Vivienda y que sigue el debate sobre el Estado de la Nación por televisión, se convierte en cuestión de minutos en el presidente de un país en estado de shock. El gran reto para la serie es mantener la tensión tras este comienzo tan arrollador. Y lo consigue. A pesar de alguna debilidad de su guión y de unos diálogos mejorables, lo logra. 

Tiene algo la serie, al menos en los primeros capítulos, que te hace recelar un poco, no terminar de confiar. Pero, a la vez, quieres seguir sabiendo lo que sucede. Cuando te quieres dar cuenta, estás enganchado a una trama de intriga, en la que se compagina la investigación del atentado que ha hundido el Capitolio con la labor política del nuevo presidente, quien tendrá que enfrentarse a rebeliones de gobernadores que no lo consideran legítimo. El presidente Kirkman, que se traslada a la Casa Blanca junto a su mujer a y a sus dos hijos, va formando su equipo, con su mano derecha en la consejería de Vivienda, Emily Rhodes (Italia Ricci), y con algunos trabajadores del presidente anterior, como Aaron Shore (Adam Canto), a quien nombra jefe de gabinete, o Seth Wright, secretario de prensa. 

Kirkman es casi un marciano en Washington. No es un político profesional, no está afiliado a ninguno de los dos grandes partidos estadounidenses, sino que es independiente. Y hace las cosas de un modo distinto al habitual. Lo tiene todo en contra cuando llega a la Casa Blanca, sobre todo, el estado de excepción en el que vive el país, ansioso por saber qué ocurrió en el Capitolio y a quién se le puede hacer pagar por ello. La serie va ganando a medida que avanzan los capítulos, manejando muy bien la intriga, dosificando la información, dando sobresaltos al espectador y planteando preguntas constantemente. Parte del mérito lo tiene el personaje de Hannah Wells (Maggie K), agente del FBI que desde el primer momento duda de la versión oficial del atentado, que es causa de un grupo terorrista yihadista. 

La serie crece, porque pronto se descubre que hay algo todavía más inquietante que un atentado devastador contra el Capitolio detrás de ese ataque. A mitad de la primera temporada, a las investigaciones sobre el atentado se le une la actividad política del nuevo presidente, lo que es positivo, porque mantiene intacta la intriga sobre quién y por qué cometió el ataque, pero también aporta otras cuestiones interesantes, como el politiqueo con  las Cámaras, las negociaciones para sacar adelante leyes o el control de armas en Estados Unidos. Es un impulso. La primera temporada de la serie termina muy arriba, con un misterio desvelado, pero con un gancho suficientemente potente como para mantener la emoción de cara a la segunda temporada. No es una serie perfecta. Hay situaciones que parecen poco verosímiles (un periodista con un scoop no va a preguntar por él en una rueda de prensa abierta a otros medios, por ejemplo), pero su trepidante ritmo y su aproximación original a la política estadounidense terminan inclinando la balanza a su favor. Aunque sólo sea para ver en pantalla a presidentes distintos a los reales. 

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